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A lomos de una conocida anécdota -el tartamudeo de Jorge VI-, Hooper recorre los pasillos del Palacio de Buckingham en uno de los momentos más comprometidos de la monarquía británica

No es para tanto. La sobreexcitación provocada por el estreno de "El discurso del rey" está en parte justificada, pero conviene moderar la emoción. No en vano el cine británico acostumbra a entregarnos un fresco histórico de estas características cada dos años, ya sea en formato de miniserie o anudando lujosos fragmentos catódicos mediante un montaje cinematográfico.

En el caso de "El discurso del rey" hablaríamos de lo primero, sino fuese porque Tom Hooper ha elidido las mayúsculas que acentúan cada capítulo agilizando los intervalos, pero ni aun así borra la impresión de que su oratoria se ajustaría como un guante a los cánones de las series dramáticas de ficción. A lomos de una conocida anécdota -el tartamudeo de Jorge VI-, Hooper recorre los pasillos del Palacio de Buckingham en uno de los momentos más comprometidos de toda la historia de la monarquía británica, para ilustrar una etapa crucial en la que los regentes, despojados de sus poderes omnímodos, debían asumir el papel de primeros intérpretes en el gran guiñol de la política internacional.

La corte republicana, tibiamente representada por el carácter rebelde de Lionel Logue (el foniatra del rey), tiene razones para quejarse de que el director haya pasado de puntillas sobre algunos aspectos ciertamente delicados, pero no podemos acusar de lealista a un cineasta que, en una breve y significativa secuencia, subraya las filias pronazis de un monarca al que entronizaron los líos de faldas de su hermano mayor.

Hooper media, todo lo que puede, en el inspirado cara a cara interpretativo entre Colin Firth y Geoffrey Rush empleando grandes angulares y desencuadres que no ocultan la genética teatral de un discurso minuciosamente elaborado para arrasar en los Oscar. Donde más evidente se hace la presencia del director es en una puesta en escena que no conduce hasta un clímax final en el que Colin Firth doma las palabras insumisas de un texto que significó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. ¿Era como para celebrarlo con esta alegría? Tal vez no.

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