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La Blanca 2010

Actualizado: 23:08

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Capital de Arizona

:: IÑAKI CERRAJERÍA

ÁNGEL RESA10/08/2010

Hace unos días este periódico publicó una noticia bien documentada que revelaba cierto freno a esa desertización agosteña de Vitoria que transforma los frondosos árboles de sus parques en cactus de parajes tórridos. Es cierto que las costumbres mudan. De pequeño recuerdo que el padre de familia cogía las vacaciones y todos los miembros trasladábamos nuestra residencia casi un mes a un apartamento más o menos modesto de la costa catalana. Ahora se parcelan las fases de descanso y ya no hace falta agitar el pañuelo por la ventanilla del utilitario como si jamás fuésemos a volver.

Y, sin embargo, me tomo este cambio de tendencia con todas las reservas debidas. Quienes viven en el centro tal vez no acusen tanto la palidez fantasmal de la ciudad como los que residimos en un barrio. Fuera del Ensanche y su entorno, la capital alavesa cierra por vacaciones, al menos hasta el comienzo de la última semana. No sólo andas más para beber el primer café, comprar el pan o encontrar una farmacia abierta. La sensación es que la ciudad se acuesta a dormitar sin otra aspiración que sacudirse el letargo a las puertas de septiembre. Como si Celedón, en el retorno a ese mirador con mayúsculas que es el campanario de San Miguel, dictase un bando de soledad.

Parece irrebatible que cada vez más paisanos se quedan a guardar esta capital de calma chica, pero aun así Vitoria ejerce un efecto balneario tan beatífico para algunos como aburrido para otros. El personal se mueve despacio y aparece en su justa medida, escasean las furgonetas de reparto que el resto del año convierten Dato y sus alrededores en un ramal de la autovía. Ni siquiera se oye el ruido inclemente de las obras. ¿Adónde irán los jubilados con aires de ingeniero? Pues a la calle General Álava, que los trabajos previstos para deshacer los entuertos del tranvía les van a salvar la mañana.

Miro las previsiones meteorológicas de la semana por Internet y ni siquiera el clima pretende alegrarnos la vida a quienes permanecemos aquí. Se prevén más nubes que claros y temperaturas propias de la primavera, no así la canícula del estío. O sea, que hasta Mendizorroza y Gamarra perderán parte de su imán por la grisura de un cielo que debería lucir azul. Siempre nos quedará la escapada en coche a lugares cercanos.

El efecto adormecedor presenta sus ventajas. Se abre el período de la lectura en los parques, se serenan las caminatas hasta la zona de Armentia, el vermú parece durar más mientras pensamos en nosotros mismos y el resto sentados en la terraza de los bares samaritanos. Acostumbrados a las prisas tenemos la sensación de que el día se dilata, de que el monólogo interior cunde, de que la charla con un amigo adquiere por fin el rango de conversación. Algo así como 'qué bien estoy, pero que esto no se prolongue demasiado'.

Hace muchos años, demasiados, pasé dos noches en Las Vegas. Es una ciudad artificial levantada en el medio del desierto de Nevada -tiene guasa el nombre del estado- que sólo se justifica con la tormenta lumínica de los neones fosforescentes. De día hay que buscar alternativasa a la nada. La más recurrente consiste en tomar una de las avionetas que despegan en manadas para sobrevolar el impresionante cañón del río Colorado y aterrizar en una pista pedregosa de Arizona. ¿Y por qué cuento esto ahora? ¡Ah! Porque hablaba de la vida en un barrio de Vitoria desde el 10 de agosto hasta el regreso de la diáspora.

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