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La verdadera batalla de Vitoria

La Blanca 2010

Actualizado: 23:08

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PORÁNGEL RESA05/08/2010

La primera vez que oí la palabra Chupinazo no se refería al muñeco que transforma Vitoria en un manicomio cada 4 de agosto a media tarde, no. Fue en el recreo del colegio y definía el disparo bestial del típico alumno que reventaba la pelota en aquellos partidos anárquicos y de tácticas abstractas donde los balones volaban en cualquier dirección. Luego ya sí, claro, Chupinazo pasó a formar parte de ese diccionario festivo que aún está por publicar.

Curioso este pistoletazo de salida que coincide en poner los nervios de punta a dos bandos irreconciliables, los miles de partidarios y menos de detractores que tiene el ciclo de La Blanca. Desde luego, pocas ciudades pueden competir con nuestra puesta en escena: una plaza bella y abarrotada, ojos clavados en el campanario de una iglesia con la raigambre de integrar una de las cuatro torres, el cable por donde baja hasta la calle un fluido de jolgorio, nubes densas que forman el humo de los puros, coreografía líquida compuesta por espumoso de garrafón y agua liberada por mangueras de bomberos y cubos volcados desde los miradores en tardes de bochorno abrasador...

Vista la imagen desde la balconada de San Miguel no cabe lugar para las dudas. Impresiona, como esos fondos en películas repletas de figurantes, es algo así como el ataque pacífico de unas hordas guerreras con pentagramas por gargantas y brazos en alto a la búsqueda del cielo. Ahora se entiende que de tanto cantar la casa nueva de Celedón Vitoria se haya llenado de viviendas por los cuatro puntos cardinales. No hay promotor inmobiliario como el aldeano de Zalduondo, tipo recio y ajeno a la maldita burbuja.

La biografía personal de cada cual guarda relación directa con el lugar elegido para contemplar el descenso del muñeco. De joven escoges ese centímetro cuadrado que queda libre a los pies del monumento. Más adelante te alejas hacia la calle Postas. Cuando el cuerpo reclama tregua te distancias más con la ventaja que supone alcanzar la terraza del primer bar o la barra del siguiente antes de que se disgregue la marabunta.

Para entonces, la ciudad ya se cuece en el jugo de sus propias fiestas. Los militantes de La Blanca han ganado la verdadera batalla de Vitoria, mucho más cercana a nosotros que la inmortalizada en ese monumento que despierta cíclicamente las controversias y rompe la perspectiva de 'la postal'. Pero volvamos la vista hacia el otro bando, el de los damnificados por la juerga programada.

Esta especie se compone, fundamentalmente, de quienes residen en el Casco Viejo y las arterias de que él brotan hacia el Ensanche. Una empleada de hogar colombiana que conozco vive en la Zapa y ha echado las cuentas necesarias para sacar billete a la costa de Alicante. Volverá cuando Vitoria recobre por quince días, a partir del 10, su imagen anual de decorado del Oeste.

Un amigo se metió el pasado sábado en la primera tienda de viajes que encontró como si franquear esa puerta le deparase el indulto. Su casa está en la Correría y salió de la agencia con un desplazamiento muy económico a León. Nada en contra de esta bella ciudad con célebres vidrieras catedralicias, pero sospecho que hubiese agarrado la opción de una tienda de campaña en la aridez de los Monegros con tal de huir. Puestos a refugio los detractores, Vitoria respira al ritmo de la jarana. Es el reinado de Celedón, que no piensa abdicar ni admite golpes de Estado.

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