DANIEL GONZÁLEZ05/08/2010
Las calles de Vitoria corren el riesgo de convertirse en una nueva Babel durante La Blanca. Aquí y allá se hablan diferentes lenguas, un poquito de castellano con acento exótico y, sobre todo, muchas risas. Pero al final impera el lenguaje universal de la fiesta y todos, sean vitorianos o extranjeros, se unen para disfrutar de unos días de alegría y bullicio.
Aunque esto no es Pamplona, cada vez son más las personas que desde diferentes partes del mundo se acercan a festejar la bajada de Celedón y las jornadas de juerga absoluta que la siguen, muchas de ellas por primera vez. A algunos los festejos les han cogido por sorpresa, como a Claudio, un italiano que desde Bayona ha llegado en Vespa a la capital para encontrarse con los preparativos del Chupinazo. «Venía a ver a un amigo, no sabía nada», confiesa, aunque eso poco importa. «Aprovecharé estos días para ver cómo es la fiesta», explica una vez provisto del programa y de un mapa de Vitoria.
Desde la ciudad francesa también han llegado dos matrimonios con intención de pasar el día en la capital alavesa. «Pensábamos ver el casco histórico, aunque puede que nos unamos a la fiesta», advertían. Ganas no les faltan, pues los Etcheverry y Behety todavía tienen el espíritu festivo en el cuerpo, ya que Bayona ha celebrado hace escasas fechas sus días grandes.
Alemania también tiene su representación con Gabi y Félix, quienes van a celebrar la fiesta en compañía de sus familiares. Para ellos La Blanca será una caja de sorpresas, porque nunca antes habían oído hablar de ella. Pero le han quitado el lazo con entusiasmo, y sin poder esperar al de carne y hueso ya se fotografiaban con la escultura de Celdón, situada en San Miguel. «Queremos pasarlo muy bien, con mucha diversión», se animaban. Aunque se les resista el idioma cuentan con los mejores traductores: su familia.
Otro Félix se ha unido a la fiesta. Es peruano, pero reside desde hace un año en Laguardia. «Aunque he visto otras fiestas aquí, es mi primera vez en La Blanca. Tengo ganas de ver las costumbres de los vitorianos». Pero antes tenía que encontrar la casa de su amigo Luis. Luego ya tendrá tiempo para contagiarse de la felicidad que embriaga a quien recibe su bautismo de cava.