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Elecciones europeas 2009

Últimas reflexiones

FERNANDO LOSADA08/06/2009
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Últimas reflexiones

El presidente del PP Europeo, Joseph Daul. /AP

Después de esta quincena compartiendo ideas sobre la Unión Europea y las elecciones a su Parlamento habrá comprobado el lector que desde esta tribuna el tratamiento de esos asuntos siempre ha tomado como referencia a Europa y no a España. Se entenderá que ahora siga siendo esa misma la premisa desde la que se comenten los resultados hechos públicos ayer (para el análisis en clave nacional puede acudir a cualquier otra sección de la mayor parte de los medios de comunicación, que a buen seguro no le defraudará). Para facilitarle la lectura, trataremos diversos asuntos por partes.

Abstención

Continúa avanzando imparable en los comicios europeos. Aunque en esta ocasión en España haya mejorado sensiblemente el porcentaje de votantes, lo cierto es que la participación en el conjunto de Europa ha descendido un par de puntos respecto a 2004 y todo indica que el actual 43,09% no será superado dentro de cinco años. Este es un dato preocupante para todos, y no podemos escudarnos en las nacionalidades para escurrir el bulto. Negar la realidad, no querer mirar a lo que está a nuestro lado, sólo puede traernos problemas psicológicos de altura. Abramos los ojos: puede que el régimen electoral europeo no sea la mejor manera de introducir las cuestiones de la Unión en los debates nacionales (a eso ya hemos dedicado algunas líneas), así que quizás deberíamos abordar su reforma para el 2014. Es una idea. La otra, que los partidos hablen de Europa en la campaña, se antoja imposible.

Resultados europeos

Como consecuencia de la aplicación de las disposiciones del Tratado de Niza, la composición del Parlamento Europeo se ha reducido respecto de la anterior legislatura, pasando de 785 escaños a 736. Este cambio dificulta mucho la comparación entre los resultados de los partidos si se atiende al número de asientos en la Eurocámara, de ahí que tomemos como referencia el porcentaje de votos obtenido. El Partido Popular europeo obtiene unos resultados muy similares, en torno al 36% de los votos, mientras que el Partido Socialista desciende seis puntos, quedándose en un 21,6%. La fuerza que compensa el descenso socialista es la de los Verdes, que con el 6,9% ocuparán nada menos que 51 escaños. Pierden porcentaje de voto los liberales, los partidos nacionalistas/regionalistas y la izquierda, aunque todavía permanecen sin adscripción 90 escaños. El 14 de julio, cuando se abra la nueva legislatura, sabremos bajo qué grupo se ubican todos esos parlamentarios, lo que puede alterar sensiblemente el reparto de fuerzas en la Cámara.

Resumiendo, los conservadores mantienen sus apoyos en Europa, pero su hegemonía en el Parlamento es mayor debido a la enorme pérdida de escaños del Grupo Socialista (de 217 a 159). En cualquier caso, la adopción de las decisiones seguirá dependiendo fundamentalmente del acuerdo entre estos dos grupos, tal y como venía sucediendo hasta el momento, por lo que en principio no parece que el Parlamento vaya a escorar su posicionamiento hacia la derecha.

Los partidos políticos en España

Reiteramos una vez más la idea clave en estas elecciones: no existen partidos políticos europeos, de ahí que toda interpretación de los resultados por parte de la clase política sea siempre en clave nacional. Teniendo en cuenta las enormes peculiaridades de las elecciones europeas, todos los partidos encuentran motivos de satisfacción (convendrá el lector en que eso ya sucede en el resto de elecciones; la diferencia radica en que en estas encuentran mejores argumentos). Así, los socialistas españoles consideran que sus resultados son los mejores de todos los partidos socialistas de Europa (bueno, si se miden en porcentaje de voto, porque en escaños aporta más el SPD alemán). Los populares españoles pretenden socavar el apoyo social de Zapatero señalando que los únicos gobiernos no castigados en estas elecciones son el francés y el alemán, precisamente de su color, aunque también es cierto que la señora Merkel pierde seis puntos de apoyo a tres meses vista de las elecciones nacionales. Tanto Izquierda Unida como Unión Progreso y Democracia se proclaman como la tercera fuerza política del país, aunque de ahí a tener cierto peso en sede parlamentaria todavía les queda un largo camino por recorrer. Y por parte de los partidos nacionalistas ha habido todo tipo de valoraciones, tan variadas como las circunstancias que afectan a cada uno de ellos. Todavía no se ha escuchado el consabido “no hemos sabido explicar Europa a los ciudadanos”, pero tiempo al tiempo. Este tipo de declaraciones enerva particularmente a quien esto escribe, porque el problema no es que no se sepa explicar Europa, sino que no se quiere explicar qué se quiere hacer desde Europa.

La solución

¿Por donde pasa la solución a esta situación? El primer paso es la clarificación de qué se quiere que sea Europa. Si los gobiernos nacionales siguen deseando mantener el control del proceso de integración, que lo digan claramente; si se quiere que el Parlamento decida, que los gobiernos nacionales den un paso atrás y dejen oír la voz de los representantes de los ciudadanos europeos. Lo que resulta cuestionable es hacer lo primero manteniendo como coartada lo segundo.

La metáfora

Me permito la licencia de acabar con una metáfora. Anoche se llevó a cabo un experimento interesante entre varias televisiones europeas, incluida RTVE. Emitieron conjuntamente tres debates acerca de las elecciones en los que se abordaron las cuestiones más importantes de la Unión Europea actual, contando con miembros de la Comisión, representantes de la patronal y los sindicatos europeos y con periodistas y académicos de distintos países. Esos debates fueron fiel reflejo de lo que sucede en Europa hoy en día: sí se habla de los temas importantes, trascendentales, pero se incluyen de tapadillo en el canal 24 horas y cuando ya se han cerrado los colegios electorales en toda Europa. ¡Podían haber emitido estos debates antes de las elecciones y en cadenas con más audiencia! La decisión de hacerlo en estas condiciones no es inocua, como tampoco lo es que los políticos no hablen abiertamente en campaña de los verdaderos problemas a los que se enfrenta la Unión. Las élites siguen controlando la integración, actuando de espaldas a los ciudadanos aunque exigiéndoles su voto cada cinco años para legitimar su acción.

Pero la metáfora no acaba ahí, porque los debates también pusieron de manifiesto algunos de los problemas a los que ha de hacer frente Europa. Uno de ellos es el multilingüismo que la caracteriza. Es cierto que un debate con traducción simultánea es verdaderamente difícil de seguir: el entusiasmo y carisma de quien habla es sustituido por la voz monótona del intérprete (no puede ser de otro modo, bien difícil resulta ese trabajo) y cuando se producen interrupciones e intercambio rápido de ideas la comprensión se resiente. Pero lo que cuenta es el contenido, y hubo mucha más sustancia en esos mini-debates de media hora que en la programación televisiva de los cinco años que los precedieron (al menos en lo que a Europa se refiere).

Una reflexión tangencial para acabar: a tenor de lo expresado por un representante de la academia española en uno de esos debates, a día de hoy no parece posible hablar seriamente de Europa en castellano. Nuestras universidades, donde se supone que tiene que profundizarse en el pensamiento y la reflexión sobre estos temas, deben de estar padeciendo ya el ‘síndrome de Bolonia’. Porque no existe explicación alternativa a que cuando se criticaba la idea de que en el G-20 hubiese nada menos que diez representantes europeos y no uno solo que encarnase al conjunto de la Unión, en lugar de cuestionar el poco europeísmo de la forma de entender estos asuntos por la sociedad española -que se regodea en el pensamiento de que España por fin consigue formar parte de los elegidos para dominar el mundo-, el académico hispano se conformase con repetir el mensaje oficialista de los partidos españoles (“el Tratado de Lisboa debe entrar en vigor porque es la solución a nuestros problemas y permite a Europa tener una única voz en el mundo”) sin el menor atisbo de pensamiento crítico. Según esa versión oficial, el Tratado de Lisboa es bueno, bonito y barato, pero ¿están dispuestos los Estados miembros a ceder sus asientos en el G-20 a un único representante de la Unión? Menos mal que podemos achacar el bochorno a la mala traducción (sí, es un trabajo muy duro). Ha llegado la hora de decir basta ya. Europa tiene que dejar de ser tierra de tópicos laudatorios para los españoles. Abramos los ojos y critiquemos lo que no nos guste. Pese al simplismo de algunos compatriotas, eso no es alta traición, sino el mejor servicio que podemos hacer al proceso de integración.


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