EN EXCLUSIVA. Primer capítulo de la última novela de Fernando Delgado

Cuando las llamas empezaron a cubrir en la pantalla del cine los torreones neogóticos del internado francés, devastándolos con furia, el calor llegaba a las butacas y me asfixiaba. Sentí el mismo olor penetrante de las brasas de San Eustaquio, recuperado por mi memoria. Aquella noche escuché de nuevo los rumores que el pasado traía hasta mi playa, como si ardiera un mar. Primero, los números, si eran tantos o cuantos mis compañeros muertos; después los nombres, si Esteban o Alvarito, si Mendoza o Baute, si Lorenzo el Desdentado o el Guagua. Y al final, sólo uno, el de Juan Lutzardo. Luego la alegría inconfesable de que Lutzardo la hubiera pagado, consumido entre las llamas, aunque por más que así lo quisieran en San Eustaquio, después, junto con el sentimiento complaciente de la venganza, se impusiera la angustia turbadora de que Lutzardo hubiera muerto. O el miedo. Si carbonizado, por eso. Si vivo, porque lo que pudiera contar era siempre imprevisible. Pero si por algo me resultaba incompleta la operación de limpieza que supuso el incendio de San Eustaquio era porque con absoluta crueldad aspiraba a ver allí, en medio del fuego, al director y a los guardianes, como había visto en la vidriera de las ánimas del purgatorio de la capilla que abrasaban las llamas a los infelices pecadores.

fernando delgadoEl internado de San Eustaquio en el que estuve recluido se había levantado a principios del siglo XX en las afueras, junto al cementerio viejo, pero la ciudad creció desaforadamente y las torres de pisos cercaron el centro y dieron sombra al patio escaso del reformatorio; negaron la luz a los ventanales de los dormitorios, nunca bastante aireados. Ni luz ni aire suficiente en San Eustaquio, y menos aún en los sótanos donde estaban las cocinas. Se superponían los olores de fritangas viejas, de ranchos rancios y escasos, de una alimentación tan poco atractiva como parca a la que sobrevivíamos por milagro. También había allí una imprenta que prestaba sus servicios a la calle, pero de la que extrañamente salía alguna vez uno de nosotros con un oficio aprendido. Y con la carpintería pasaba otro tanto. El mayor servicio que prestaban aquellas instalaciones a nuestra reinserción era que trabajáramos como castigo, servicio por el que alguien cobraba. Más de una vez aserré allí obligado y con rabia. En el patio, desolado, sin un árbol, teníamos una pelota para distraernos y cuando nos cansábamos nos dábamos patadas unos a otros; pasábamos luego al boxeo y entonces era inevitable la sangre, pero estábamos acostumbrados. Y cuando el aburrimiento nos golpeaba, saltábamos los muros del patio y nos fugábamos. La primera vez a nuestras casas, ya fuera a pie, en guagua o, si eras de otra isla, de polizón en un barco, y la Guardia Civil se encargaba de recuperarnos. Si era nuestra propia familia la que, por necesidad o por miedo, nos devolvía a San Eustaquio, en la ocasión siguiente vagábamos por la ciudad, comíamos lo que podíamos robar en el mercado de La Recova, dormíamos donde Dios nos diera a entender, y así pasábamos, poco a poco, de ser chicos difíciles a delincuentes en toda regla.

Recordar San Eustaquio y ver el fuego me hizo sentir de inmediato el que fui, un pirómano consumado. Disfruté con el incendio de la película porque fue volver a contemplar la furia de las llamas arrasando la sordidez y el olor repulsivo del reformatorio.

Al volver del cine aquella noche, cuarenta años después de que San Eustaquio ardiera, ya en Valencia, escribí en mi ordenador: «Años sesenta, Santa Cruz de Tenerife, Reformatorio de San Eustaquio.» Y esperé encontrarme en el chat con algunos de aquellos compañeros.

Sabía de qué película se trataba cuando fui a ver con mi mujer, por insistencia de ella, Los chicos del coro, pero, desde luego, no podía suponer de qué modo, a pesar de su empalago, iba a conmoverme, a remover aquel mísero pasado que siempre quise olvidar. Y puede que la insistencia de mi mujer en que la viera, ella ignoraba mi pasado y creía en una niñez inventada, tuviera que ver con su empeño en que yo convocara a los seres de mi infancia por Internet. No sé si advirtió con sorpresa mi estremecimiento por las secuencias del incendio y tomó mi mano entre las suyas, o si lo hizo para confirmar lo que esperaba. Da lo mismo. Pronto dejé de mirar a la pantalla, después de contemplar la impotencia de Monsieur Rachin, el director del internado francés, y empecé a recordar la de don Adolfo Medrano, el miserable director de San Eustaquio. Aparté de mi vista el apacible entorno del centro extranjero y de sus muchachos, desconcertados y temerosos por el fuego, para revivir la evacuación acuciante de nuestro reformatorio, los bomberos ocupando con rapidez las calles vecinas, el gentío agolpado frente al espectáculo del fuego encarnecido con la anodina arquitectura carcelaria, de falsas almenas y tupidas celosías de hierro.

Con la misma insistencia con que me llevó a ver Los chicos del coro, mi mujer se empeñó en conectarme por primera vez a Reencuentros.com, un espacio en el que la gente trata de localizar a personas de su pasado por medio de un chat especializado. Una vez conseguido, respetó aparentemente la intimidad de mi memoria. No sabía si yo iba a buscar una antigua novia, un vecino de la infancia, un compañero de carrera, un pintor de llamas, como yo mismo fui, o un maestro retratista, mi trabajo actual.

La noche en que me mostró el chat recibí las instrucciones precisas y se fue a lo suyo, lo que hizo más evidente su interés en que yo reconstruyera mi pasado que su curiosidad por conocerlo.
—¿También puede buscarse a los muertos en Internet? —le pregunté.
—También. Esto es una caja de sorpresas. Sirve tanto para encontrarse con vivos como con muertos.
—Aparecerá mi abuela —bromeé.
—Tal vez, aunque las abuelas no están duchas en esto.
—Seguro que la mía, sí. Tú no la conociste. Es capaz de volver del otro mundo sólo por cotillear. Insistí con el ordenador en busca de aquel tiempo, pero nadie contestaba a mi reclamo en Reencuentros.com.

Ni don Adolfo, el director, ni don Honorato, ni don Lorenzo o don Donato iban a surgir de mi pasado en la red para ponerse en contacto conmigo. Quizá estuvieran ya muy viejos.

Recordé de pronto a Mateo en el patio dándole al balón, bajo la mirada amenazante de Ramiro, un matón, y a Gregorio, a quien Julito hacía de caballo, sumiso, tan sumiso como cuando en las madrugadas pestilentes de la nave del internado Gregorio jadeaba y todos sabíamos qué estaba pasando con Julito.

Ni Mateo ni Julito ni Gregorio dieron señales de vida en Reencuentros.com.

¿Qué sería de Julito o de Ramiro? Podría contestarme don Cristóbal, el celador grandullón llegado de la Península, que se entretenía a veces fomentando la pelea entre Esteban y Lolo hasta verlos sangrar, y cuando se cansaba proclamaba a uno de los dos vencedor de la contienda.

Esteban y Lolo tampoco contestaron. Menos iba a hacerlo don Cristóbal.

En el recuerdo apareció Lulio, débil y amanerado, desnudo en el despacho del director para que lo castigara en las nalgas por maricón, y amoratara sus manos con una regla con el fin de que no aprendiera a moverlas como las mujeres.

Lo mencioné porque con ese nombre cualquiera que supiera algo de él podría darme noticia. Ni flores.

De una Vida a OtraVi a don Adolfo, el director, levitando en la capilla, frente a un fresco bizantino con arcángeles y evangelistas, serafines y mártires. Y entre los mártires, san Eustaquio en el centro, vestido de obispo, pero flaco, muy flaco y altísimo. Bien espigado, repetía el capellán, don Donato. Lo recordaba mucho porque siempre había uno nuevo que no sabía que Eustaquio significa bien espigado. Vino hacia mí don Adolfo en la penumbra del templo, meditativo, bajo un rayo de luz que traspasaba la vidriera donde las ánimas del purgatorio seguían abrasándose con el fuego. Encendía los gordos cirios del altar, cerca de los cortinones donde se exponía al Santísimo, con riesgo de que ardiera todo, y yo alimentaba mi secreto deseo de que así sucediera.

Y el 19 de marzo de 1965 ardieron por fin, como rememoró el primero en contestar, un tal Chano, o que así se hacía nombrar, de la isla de la Gomera, que dijo conocerme. Me contó que la mitra de san Eustaquio se quemó sólo por los bordes y que la cara del santo quedó intacta, incluso mejorada, y supuse que aquel obispo estaba tan acostumbrado, que santo había sido y obispo de Antioquía en la repetición de don Donato, que habría puesto buena cara al martirio.

El que me mintió fue el tal Chano. Me dijo que se había quemado una pierna en el incendio de San Eustaquio y que conocía muy bien a los autores del fuego. Pero sus pistas eran engañosas; se trataba de un fantasioso, incapaz de darme nombres que los dos pudiéramos reconocer. Pasé de él y seguí esperando respuestas.

No llegaron las de Lulio, como digo, pero lo recordé embebido en unas revistas pornográficas, y a don Felipe, el más joven de los celadores, vigilándole, y esperando los efectos de las imágenes guarras en el ánimo de Lulio para acercarse a él cariñosamente y desaparecer luego juntos.

«San Eustaquio, antiguos alumnos, años sesenta », reclamé complicidad en la pantalla. Tampoco esta vez.

«San Eustaquio, reformatorio de menores, años sesenta», escribí de nuevo.

Es posible que tuviera que hacerlo de otra manera, invirtiendo términos: «Reformatorio, años sesenta, Santa Cruz de Tenerife.» Nada.

Nombré a don Felipe en la pantalla, pero de estar atento a Internet es posible que don Felipe se entretuviera en un chat de pederastas.

Vi a Miguel, a quien yo tanto envidiaba, ajeno a todo, dibujando sobre cualquier papel hasta que don Telmo, otro celador, se lo rompía y lo ponía a fregar retretes.

¿Qué será de Miguel?, me preguntaba. Acaso él podría responderme. Lo vi en el calabozo por su indolencia, una indolencia incordiante para la autoridad del internado. No sé cómo conseguía ocultar las hojas y los lápices para dibujar en el calabozo, pero lo conseguía. Luego se limpiaba el culo con sus bellísimos dibujos que se negaba a regalar.

«Santa Cruz de Tenerife, años sesenta, Reformatorio de San Eustaquio», escribí otra vez en el ordenador, pero nadie dio señales de vida.

No pensé en Luz, la asistente social que expulsaron por insistir en que los golpes en los cuerpos de los muchachos no lo arreglaban todo.

Ni pensé en doña Eulalia, asistente social y monja a la vez, que tampoco consiguió cambiar las cosas y a la que Ramiro encerró bajo llave un sábado en la carpintería sin que se supiera de ella hasta el lunes.

Doña Eulalia no volvió al correccional, pero Ramiro tampoco fue castigado. Contaba con la complicidad del director. Ahora, de pronto, me había acordado de ellas.

Si he dejado para el final a don Alfredo, mi maestro en la clase tercera, no es porque no lo hubiera recordado antes, sino porque fue el único que me contestó en el chat. Don Alfredo había visto, igual que yo, Los chicos del coro y había encontrado, igual que yo, el parecido de nuestras caras con las de los muchachos de la película. Me confesó que después de haberla visto, y tampoco a él acababa de complacerle, su recuerdo de San Eustaquio se transformó. Tal vez a mí me ocurriera lo mismo.

Don Alfredo era una isla en aquel reformatorio; un hombre en la luna para el personal del centro, fácil de engañar para todos nosotros. Un pintor fracasado que nos quería pintores y que, una vez en clase, la mayoría de los días, en lugar de aplicarse a la enseñanza de otras materias, nos dejaba dibujar libremente.
—Sueñen y dibujen —nos animaba.

Aproveché su interés por saber de mí para reconstruir mi propia historia. Y llegué a creerme lo que no era cierto: que tuviera verdadera gana de contársela a él. En realidad, no trataba de exhibirme, sino de mirarme al espejo. No estoy seguro de que para hacerlo se necesite de otro, pero al reencontrarme en Internet con don Alfredo y recordar sus palabras, «sueñen y dibujen, dibujen y sueñen», me sentí impulsado a hablarle de mis dibujos y mis sueños.

Fue así como empezó nuestra relación por correo electrónico.